Tu arco iris emocional

    Toda la gama de emociones que puedes vivir es como un arco iris.

    Un arco iris emocional perfecto, con los colores que tiene que tener, ni más ni menos. Todos en su lugar, todos distintos y todos hechos de lo mismo. Todos luminosos y transparentes.

    Tarde o temprano, sin embargo, aprendes que unos están bien y otros están mal. Empiezas a pensar en ellos en términos de “positivo” y “negativo”, de adecuado e inadecuado, de mejor y peor…

    A partir de ahí los colores empiezan a empañarse y va surgiendo la falsa necesidad de que algunos desaparezcan. Se construye así la ilusión de tener que hacer algo con ellos, de tener que “trabajarlos”, “mejorarlos” o “superarlos”.

    De este modo, cuantas más interpretaciones añades, cuanta más información envuelve los colores, más éstos parecen ir perdiendo su transparencia. Incluso los “buenos” se cubren de conceptos e historias que te impiden verlos y vivirlos como los vivías antes de “saber” tanto.

    Y así, sin darte cuenta, te encuentras viviendo cada vez más en un conflicto casi constante con lo que sientes, tratando infructuosamente de modificar los colores, de tener más de algunos, de expulsar a otros para siempre.

    Todo lo que sabes acerca de los colores, todo lo que has aprendido que tienes que hacer con ellos, todas las formas de clasificarlos, gestionarlos y tratar de manipularlos… Esto es lo que te impide ver la causa real de tu insatisfacción.

    Ninguna emoción fue nunca un problema. Ningún color necesita ser arreglado, ni eliminado. Lo que verdaderamente te pesa es el lugar en el que te has situado sin darte cuenta. Un lugar de conflicto y resistencia que te mantiene tratando de resolver un problema que nunca existió.

    Ese lugar es el velarse de tu verdadero ser. Es el sueño de que eres un individuo separado y limitado en busca de una plenitud que siempre se le escapa. El conflicto con tus emociones es solo una faceta más de esta búsqueda imposible.

    Cuando te parece que no quieres sentir determinada emoción, lo que verdaderamente deseas es poner fin a esta falsa identidad y a la inseguridad y el conflicto que se derivan de ella. Pero todos los esfuerzos para cambiar la emoción no hacen más que perpetuar la posición de resistencia y la frustración que ésta comporta.

    La salida de esa trampa se encuentra en reconocer que tu deseo de paz nunca fue un deseo de cambiar los colores sino de volver a verlos y vivirlos por lo que son. 

    Volver a vivirlos desde la realidad de ti, desde la paz que siempre has sido. Una paz que no se halla en los colores cambiantes de la experiencia sino en la permanencia que los sostiene.

    La paz del ser que se colorea como este momento para vivirse plenamente como esta expresión de sí mismo.

    La paz incondicional e inevitable del ser que eres ahora y siempre.

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