Folclore espiritual
Rituales y danzas, espectáculos y trajes, leyendas y celebraciones, tradiciones y expertos, festivales y procesiones…
La espiritualidad tiene su propio folclore.
Cada semana aparecen nuevos bailes, técnicas y ritos, nuevas formas para viejos moldes, cambios de disfraz para que todo siga igual.
La sombra, el niño interior, las heridas del pasado, los pactos de almas, las regresiones, los bloqueos energéticos, los niveles de conciencia, el despertar de la energía…
El catálogo de cosas que tienes que sanar, integrar o trascender no deja de crecer y reformularse.
Siempre hay algo que falta.
Siempre hay una siguiente vuelta.
Este folclore espiritual es el ecosistema que necesita el buscador para seguir existiendo.
Sin carencia no hay baile.
Y sin baile no hay buscador.
Porque el buscador no es alguien bailando.
Es el baile mismo: un movimiento aparente que se alimenta de complejidad.
De prácticas acumuladas.
De etiquetas.
De etapas.
De procesos.
De un después que nunca está aquí.
La búsqueda sobrevive en la complicación y desaparece en la simplicidad de lo que es.
Es una actividad que no busca encontrar, busca continuar.
Por eso el folclore se tiene que seguir ensayando, reformulándose sin fin.
Para que se sostenga hay que creer.
Creer en la sombra, en la emoción escondida, en el pacto ancestral, en la herida que todo lo explica.
Creer que algo está roto, incompleto.
Creer que hay un proceso para repararlo, para evolucionar.
Variaciones infinitas de la misma premisa: hay alguien aquí que necesita llegar a otro sitio.
Pero esa premisa nunca se examina. Solo se adorna.
Se convierte en trauma. En sombra. En energía bloqueada. En karma pendiente.
Lo que llamas angustia es solo la fricción de sostener una identidad aparente.
Esa tensión no necesita más procesos ni gestión.
Se alimenta de ellos.
Y solo sobrevive en la medida en que no es examinada.
En sus interminables iteraciones, el folclore espiritual se puede ir sofisticando.
Puede vestirse de no-dualidad, danzar la vacuidad o celebrar la consciencia pura.
No importa. Mientras haya alguien intentando llegar, el baile continúa.
Y sin embargo, cada vez que la búsqueda se detiene —aunque sea por un instante— no ocurre nada especial.
Solo queda esto.
Lo ordinario. Lo que siempre estuvo aquí.
Lo que nunca está incompleto.
Lo que no necesita rituales, espectáculos ni expertos.
Aquí, donde terminan las leyendas, los disfraces y las falsas promesas.
No es el fin al que esperaba llegar el buscador.
Es su fin.