Ser tú
Solemos introducirnos en el camino espiritual atraídos por una promesa de paz que con mucha frecuencia se acaba concretando en una realidad de complicación y frustración. La acumulación de conceptos y teorías, de todo lo que hay que practicar y comprender, las experiencias especiales que alcanzar, lo mucho que hay que arreglar, sanar o trascender… Todo ello va creando una experiencia de vida en la que cada vez parece haber más de lo que no quería y menos de lo que esperaba encontrar.
Y es que en esta pseudo-espiritualidad, tanto el buscador que enseña como el buscador que aprende necesitan que la búsqueda perdure para perpetuarse con ella. Y para eso tiene que complicarse, tiene que seguir desplegando etapas y desafíos, metas lejanas que alcanzar y obstáculos en los que trabajar.
La espiritualidad se vuelve entonces una especie de carrera universitaria que parece que tenemos que superar satisfactoriamente para poder incorporarnos definitivamente a la vida. Una carrera con su temario, sus etapas y sus exámenes… Solo que en este caso el final es vago y no parece llegar nunca.
Y esto es totalmente lógico, ya que el buscador sobrevive en la complicación de lo que debería ser y muere en la simplicidad de lo que es.
El camino espiritual no es más que el progresivo acercamiento a la realidad. Y ésta es simple, inmediata y transparente. Por eso el verdadero proceso es siempre un movimiento de simplificación.
Lo que todavía no entiendo o no “veo”, el condicionamiento que me queda por superar, todas las creencias que tengo que reconocer y eliminar, todas las heridas que me quedan por sanar… Con cada etapa que parece superada aparece otra. Con cada paso el horizonte se aleja un poco más.
El antídoto a esta interminable carrera de obstáculos reside en una instrucción muy simple: sé tú.
¿Acaso no es eso lo que quieres realmente?
¿No es esa la promesa más o menos escondida detrás de todas las enseñanzas y procesos espirituales?
Es la promesa de poder ser tú, libremente, de poder vivirte y expresarte ahora con autenticidad y libertad. Sin la historia de todo lo que antes tienes que superar, sin la carga de lo que primero tienes que llegar a ser, sin la preocupación respecto a lo que pueda pasar, sin la sombra del fracaso acechando tras cada esquina…
¿Por qué mantenerlo como una promesa de futuro entonces?
¿Por qué no empezar por ahí, ahora mismo?
¿Acaso no puedes ser tú, aquí, en este momento, en todo momento?
Hacer lo que sientes, actuar para construir la vida que te apetece, vivir lo que te apasiona, descubrirte momento a momento desde la fascinación por la vida misma y por tus infinitas posibilidades de creación…
¿Hay algo que te lo impida? ¿Cuál es el obstáculo?
Solo hay uno: el miedo.
Inseguridad, incertidumbre, búsqueda de aprobación, intentos de controlar lo que pasará o de evitar lo que podría pasar… El miedo puede tomar muchas formas, pero no deja de ser miedo.
Y frente a este obstáculo aparentemente omnipresente y todopoderoso es donde la verdadera enseñanza espiritual cobra su sentido. No para luchar contra él o intentar vencerlo o eliminarlo, sino para verlo por lo que es.
La revelación es que el miedo no tiene que ver con eventos, circunstancias, personas o posibilidades futuras sino que se deriva de poner en duda las creencias y los puntos de vista aprendidos que limitan tu expresión. El miedo es un reflejo del ego, es decir, de aquello que pretende que la libertad y la verdad de ti no están ya aquí.
Así que no hace falta tenerle miedo al miedo, esa es la trampa. Frente al miedo puedes, simplemente, seguir siendo tú.
Y ser tú incluye la experiencia relativa de error.
¿Por qué?
Porque no hay error realmente. No importa qué camino tomes, el camino siempre eres tú. Vayas donde vayas, hagas lo que hagas, te vas a mover invariablemente hacia un mayor reconocimiento de quién eres. Todos los caminos son el mismo camino a casa. No puedes alejarte de ti.
Lo único que puedes perder es lo que no es cierto: creencias, apegos, condicionamiento y falsas expectativas. La experiencia de error es simplemente la constatación de que algo es falso. O, lo que es lo mismo, el reconocimiento de algo verdadero.
Puedes pues, jugar ahora plenamente al juego de la vida, sin reservas, sin ese imaginado obstáculo que nunca lo fue. Tanto si hay momentos difíciles como si no, nada puede dañarte, nada puedes perder. Todo está a tu servicio. Todo existe en ti y para ti. Todo te brinda la posibilidad presente de ser libremente tú.