La existencia no se mueve en ninguna dirección en particular. No hay dirección puesto que todo lo que hay es existencia, esta totalidad siempre cambiante y libre de tener que tomar una forma definitiva.
No hay línea de llegada que el yo pueda cruzar. No hay logro ni proceso completado con éxito. Solo el fin de la historia. El derrumbe de la pretensión, el colapso del contexto personal.
En sus interminables iteraciones, el folclore espiritual se puede ir sofisticando.
Puede vestirse de no-dualidad, danzar la vacuidad o celebrar la consciencia pura.
No importa. Mientras haya alguien intentando llegar, el baile continúa.
Cuando las piezas del puzzle encajan, se disuelven.
Lo que parecía irresoluble deja de existir.
No hay ganancia, solo la obviedad de una libertad inevitable.